Susana Domínguez, médico especialista en pediatría y autora del libro “Qué como y por qué”, nos cuenta las complicaciones que conlleva para la salud sufrir obesidad.

¿Qué repercusiones puede tener en la sociedad una generación de niños obesos?

A corto plazo, la obesidad infantil tiene importantes repercusiones psicológicas y sociales: insatisfacción y aislamiento. Pero también físicas como osteoarticulares, dermatológicas, cardiovasculares (TA más alta), respiratorias (apneas). Y sobre todo metabólicas: colesterol, alteraciones de la glucemia, ferropenia, etc.

A largo plazo, la probabilidad de un niño de convertirse en adulto obeso aumenta del 20% a los 4 años a un 80% en la adolescencia y muy especialmente si uno o ambos progenitores son obesos. Además, los adultos obesos que ya lo eran de pequeños tienen más difícil manejo y más complicaciones como diabetes, hipertensión o enfermedades cardiovasculares, con toda la repercusión sobre el gasto sanitario que ello comporta.

¿Cómo sería un menú saludable?

Un menú saludable es aquel que garantiza los requerimientos nutricionales y energéticos de cada individuo, respetando la variabilidad asociada al crecimiento, el estado físico o mental y en función del medio donde vive y la actividad física que desarrolla.

Lógicamente, para que el aporte nutricional sea completo el objetivo a perseguir debe ser una dieta rica y muy variada. La tendencia actual es recomendar mayor cantidad de granos y cereales completos, vegetales frescos diversos, frutos secos, legumbres, aceite de oliva y pescado azul.

Se insiste en conocer las frecuencias recomendadas de los alimentos. Algunos deben consumirse varias veces al día, como las verduras o el aceite de oliva, otros varias veces por semana, como las legumbres, las patatas o las carnes. Finalmente, los refrescos y la bollería deben consumirse solo de forma excepcional.

Igualmente destacable son las rutinas. Respetar los horarios, dedicar tiempo suficiente a las comidas, masticar conscientemente y disfrutar en compañía para que puedan satisfacerse además las expectativas sensoriales y sociales que la alimentación lleva de la mano.

¿Influye la hora a la que se debe comer?

Los estudios revelan que existe en nuestro país, una cierta tendencia a saltarse el desayuno o hacerlo de forma insuficiente o incorrecta. Comemos demasiado y cenamos tarde. No siempre se programan la merienda o el tentempié de media mañana y como los intervalos son muy largos, la tentación del picoteo está muy extendida.

Lo ideal para afrontar con garantías los requerimientos de la jornada laboral o escolar son 5 colaciones, es decir, comer cada tres o cuatro horas.

En los animales, incluidos los humanos, el reloj circadiano regula la captación de energía del entorno en el contexto de los ciclos diarios de comida-ayuno y vigilia-sueño. Nos dispone para anticiparnos y prepararnos para los cambios predecibles del ambiente (llegada de alimentos o bien consumo de energía) mientras la tierra gira sobre su eje cada 24 horas.

Por una parte el reloj regula la entrada de energía y las rutas metabólicas, mientras que por otra, el comportamiento alimentario y el tipo de alimentos afecta al mismo reloj, repercutiendo sobre el gasto calórico y, en consecuencia, sobre la regulación del peso.

Sobrealimentarse cuando no quedan apenas horas para agotar esa energía obliga al organismo a guardar el excedente. ¡Y la báscula hablará!

Hay que intentar pues adelantar el horario de la comida y la cena, y desplazar parcialmente o redistribuir su contenido energético hacia la primera mitad del día. Como hacen nuestros vecinos europeos, pero también en otras partes del planeta donde la sincronización de la luz con la vida social y la alimentación es más coherente.

Dar mayor prioridad al desayuno y al almuerzo, sin esperar a cargar pilas a la comida, evita una voracidad excesiva a esta hora o improvisaciones de dudoso valor nutricional durante la mañana y la tarde. Una cena liviana y pronta bastaría si paralelamente se realiza un esfuerzo para conciliar la vida laboral y familiar.

¿Es necesaria la formación de los padres y niños?

Sinceramente, ¡no veo otro camino! No solo es necesaria, ¡es imprescindible!

Hace unas décadas la transmisión de los hábitos alimentarios se realizaba de forma espontánea, en la mesa o en la cocina. Probablemente antes, también se improvisaba con escaso criterio nutricional.

La diferencia está en el abanico de posibilidades donde elegir. Seguramente antes había menos opciones, pero su categoría nutricional era globalmente superior. Se trataba de escoger entre unos pocos alimentos frescos o muy frescos, estacionales, locales, poco transformados y eran preparados y disfrutados con mayor tiempo y atención.

Ahora, esta cadena se ha interrumpido y la oferta ha cambiado. El escenario alimentario se ha “salpicado” de una ingente cantidad de productos atractivos, hipercalóricos, baratos, ubícuos y listos para ser consumidos a cualquier hora, en cualquier parte, casi sin cocinar, ni sentarse a la mesa. E incluso sin cubiertos.

Es menester sensibilizar a las familias en la necesidad de adquirir un estilo de vida saludable, con hábitos adecuados de alimentación y actividad física.

Lo racional sería conseguir que lo fácil fuera lo saludable o que lo saludable fuera más fácil. Sin duda, esto tiene que pasar por aprender a planificar mejor y organizarse de forma eficiente, para que no resulte caro ni robe un tiempo excesivo.

No todas las familias tienen la formación y la información necesarias para realizar una adecuada selección y combinación. Y sin un criterio nutricional estable, los niños comen a todas horas, en cualquier parte y cualquier cosa. Y a la hora de la cena, ¡no querrán la verdura!

Se requieren instrumentos para el aprendizaje de hábitos saludables y estrategias para mejorar y personalizar la organización del menú familiar.

 

Fuente: UnirCuidadores

http://cuidadores.unir.net/informacion/entrevistas/245-susana-dominguez-la-probabilidad-de-que-un-nino-se-convierta-en-un-adulto-obeso-aumenta-un-80-en-la-adolescencia