Con la llegada del mes de junio aparecen en los mercados y establecimientos comerciales las frutas con hueso, que destacan por sus vivos colores: melocotones, albaricoques, cerezas, ciruelas, nectarinas y paraguayos. Se las llama así por la dureza de su semilla, encerrada en un duro endocarpio (capa leñosa que envuelve la semilla). La mayoría son variedades naturales del melocotón, pues todas pertenecen a la familia de las Rosáceas y al género Prunus. Lo que varía en cada caso es la especie.

Su temporada comienza a finales de primavera y se alarga hasta el otoño. Se conservan fuera del frigorífico, salvo que estén muy maduros, y es recomendable no apilarlos. Con un sabor dulce, es un bocado para tomar en cualquier lugar a cualquier hora. Se aconseja comerlos maduros, evitando aquellas piezas dañadas o demasiado blandas.

Aromáticas y suculentas, estas frutas son idóneas para consumir crudas, aunque son muy empleadas en la repostería: dulces, tartas, mermeladas, en confitura, compotas, helados, elaboración de frutas secas etc. También se utilizan como guarniciones para carnes de todo tipo.

Beneficios nutricionales

  • Su gran cantidad de agua nos ayuda a hidratarnos en los calurosos meses del verano.
  • Son ricas en vitamina A, que protegen la piel y, por tanto, nos ayudan a defendernos de la radiación solar.
  • Mejoran la función ocular e inmunológica.
  • Aportan vitaminas C y E.
  • Su contenido en azúcares y calorías no es muy alto.
  • Su porcentaje de fibra nos ayuda en el tránsito intestinal.
  • El potasio que contienen nos ayuda al control de la tensión arterial y a disminuir la retención de líquidos, típica del verano.
  • El potasio también facilita el adecuado funcionamiento muscular y nervioso.

 

 

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