“No sé qué le pasa a este niño pero, de repente, no come”, “el niño hasta hace nace nada probaba de todo. Pero, de repente, ha cambiado y lo que antes comía, lo rechaza”. Frases de este tipo las podemos escuchar cada día a multitud de padres y madres cuya preocupación es que su hijos e hijas crezcan sanos y fuertes.

Ante estos problemas, la respuesta adulta suele ser darles más comida o permitirles elegir el menú para ver si, de esta manera, logramos que vuelvan a comer como antes.

Sin embargo, aunque nos parezca que nuestro hijo/a es el único al que le sucede esto, no son casos aislados, y este problema es mucho más frecuente de lo que pensamos.

De hecho, este mal tan común tiene nombre y se llama Neofobia o “la paradoja del omnívoro”, que podríamos definir como el miedo a probar alimentos nuevos e incorporarlos en la dieta. Según expertos, este temor sería heredado de nuestros antepasados, los cuales la desarrollaron en la infancia como defensa ante la ingesta de alimentos tóxicos y, curiosamente, se da más en niños que en niñas.

Aunque parezca algo raro, es un trastorno que se da en un altísimo porcentaje de niños y niñas pequeños, los cuales se niegan a comer alimentos que no conocen y no han probado nunca, necesarios para su adecuado desarrollo. Muestran una resistencia casi patológica y suele aparecer tanto en época del destete como a los tres años, cuando comienza el desarrollo de su personalidad y la forja de sus preferencias.

Inconscientemente, el adulto juega un papel principal en desarrollo de esta fobia, ya que está muy relacionada con la manera de criar y alimentar al niño, así como con una dieta monótona. Por esta razón, debemos huir de la comodidad de ofrecerle los sabores que él prefiere y los platos que sabemos que mejor acepta.

Generalmente, la neofobia es algo pasajero, y para superarla, es muy importante no forzar al niño/a a que coma el alimento que rechaza, e irlo incorporando de manera paulatina a su dieta. Si lo intentamos incluir justo en la siguiente comida, o al día siguiente de su rechazo, en caso de que hayan aparecido episodios de vómito, el niño puede asociar esta experiencia traumática con el alimento. Con ello, sólo conseguiremos un rechazo mayor.

Y entonces, ¿cómo logramos que el niño ingiera el alimento?. En primer lugar, hay que intentar hacer el plato lo más atractivo posible, acompañándolo de alimentos que le gustan. Además, la actitud positiva del adulto, evitando recurrir a los gritos, en un ambiente relajado, es vital. Además, el niño/a tiene que ver que los adultos comemos de todo sin mostrar nuestro favoritismo por nada y que destacamos el buen sabor de los alimentos, no sus propiedades.

 

María Arrieta
Pedagoga de Gastronomía Baska

 

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