Cuando llega diciembre, el turrón vuelve a nuestras mesas como cada año. Este dulce, con siglos de historia en la gastronomía mediterránea y amparado por las denominaciones de origen de Jijona y Alicante, nos trae recuerdos de sobremesas largas y conversaciones en familia. Su receta es sencilla: almendras, miel y, según la variedad, clara de huevo. Ingredientes naturales, de toda la vida.
 

Pero el turrón es algo más que un postre. Forma parte de nuestra cultura, de esos momentos en los que nos permitimos parar, celebrar y disfrutar sin prisas. Es el dulce que compartimos tras la cena de Nochebuena, el que sacamos cuando vienen visitas, el que partimos en trozos irregulares mientras charlamos. Y últimamente empieza a notarse un cambio: compramos turrón de otra manera, más pensada, fijándonos en lo que contiene y de dónde viene.
 

Un dulce con historia y arraigo

El turrón no es un invento moderno ni mucho menos. Aunque hay debate sobre su origen exacto, lo que está claro es que lleva siglos presente en la cuenca mediterránea. En España, las primeras referencias documentadas se remontan al siglo XVI, y desde entonces ha ido evolucionando hasta convertirse en uno de los productos navideños por excelencia.
 
Las variedades de Jijona (blando) y Alicante (duro) son las más conocidas y las que cuentan con Indicación Geográfica Protegida, lo que garantiza que se elaboran según métodos tradicionales y con ingredientes de calidad. Detrás de cada tableta hay un proceso artesanal que combina técnica, paciencia y buenos ingredientes. No es casualidad que el turrón haya sobrevivido generación tras generación: funciona porque está bien hecho.
 

Este año, más caro

Estas navidades el turrón viene con subida de precio. Según la OCU, el tradicional ha aumentado un 16 % respecto al año pasado y ronda los 23 euros el kilo. No es poca cosa. La culpa la tiene sobre todo la almendra —que puede ser más del 60 % del producto en los turrones de calidad— y también el huevo. El clima no ha ayudado: sequías, heladas tardías y otros fenómenos han afectado a las cosechas. A eso se suma que la demanda internacional de almendra española sigue alta, lo que presiona los precios al alza.
 
Para muchas familias, este incremento se nota en el presupuesto navideño. Hay quien opta por comprar menos cantidad, quien busca ofertas o formatos más pequeños, y quien directamente elige marcas blancas. Aun así, se espera que sigamos comprando. Tenemos mucho apego al turrón, y las marcas lo saben. Por eso están adaptándose: más almendra local o ecológica, versiones con menos azúcar, opciones veganas para quienes no consumen huevo, y envases que contaminan menos. La industria está aprendiendo a leer las nuevas prioridades del consumidor.
 

Calidad antes que cantidad

Nutricionalmente hablando, el turrón no es para comer todos los días, pero tampoco hay que verlo como un enemigo. Consumido con moderación encaja perfectamente en una dieta equilibrada. Las almendras aportan grasas saludables —sobre todo monoinsaturadas—, fibra, vitamina E y minerales como el magnesio y el calcio. La miel endulza de forma natural y aporta antioxidantes. Claro que también tiene azúcar y calorías, pero eso ya lo sabemos. No es un alimento funcional ni un superalimento, es un dulce tradicional que comemos unas pocas veces al año.
 
Lo ideal es elegir turrones con mucha almendra —los de categoría suprema, por ejemplo, que llevan al menos un 60 % de almendra— y con ingredientes que reconozcas al leer la etiqueta. Cuanto más corta sea la lista, mejor. Así disfrutas de algo con más valor nutricional y menos azúcares de relleno, conservantes o grasas añadidas que no aportan nada. Como en casi todo: mejor poco y bueno que mucho y regular.
 
También merece la pena fijarse en el origen de las almendras. Las españolas, especialmente las de variedades como la Marcona, tienen más sabor y una textura distinta. Comprar turrón con almendra nacional no solo apoya al sector agrícola local, también garantiza que el producto sea más trazable y, en muchos casos, más fresco.

Disfrutar sin culpa, celebrar con cabeza

Cuidarse no significa renunciar al placer. Significa elegir mejor. Si priorizas productos bien hechos, con criterio, y te tomas tu tiempo para saborearlo —su textura, su aroma, el momento—, el turrón deja de ser solo un dulce y se convierte en parte de unas navidades vividas con más sentido.
 
No hace falta comerse la tableta entera de golpe ni prohibirse un segundo trozo si te apetece. La clave está en disfrutar cada bocado de verdad, no comer por inercia mientras ves la tele o porque «ya que está ahí». Saborear despacio, partir un trozo y compartirlo, recordar de dónde viene ese sabor. Eso es lo que convierte el turrón en algo especial.
 
Y al final, eso es lo que importa: que estas fechas no se conviertan en un campo de batalla entre el disfrute y la culpa. Porque celebrar y cuidarse no están reñidos. Al revés: van de la mano cuando comes con cabeza, eliges bien y te permites disfrutar sin remordimientos. El turrón es tradición, es placer, y también puede ser consumo responsable. Todo a la vez.

 

© Cuídate y come sano, GB Corporación 2025 Aviso Legal